Humillados y ofendidos

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Dicho esto, la anciana se dio la vuelta, miró a su marido y se quedó petrificada: Nikolái Sergueich estaba delante de ella, había cogido el sombrero y, con manos temblorosas y débiles, se estaba poniendo el abrigo.

—¡Tú también!… ¡Ven tú también conmigo! —exclamó, juntando las manos suplicante y mirándole escéptica, como si no se atreviera a dar crédito a tanta felicidad.

—¡Natasha! ¿Y mi Natasha? ¿Dónde está? ¿Dónde está mi hija? —Por fin las palabras le brotaron del pecho—. ¡Devolvedme a mi Natasha! ¿Dónde, dónde está? —Cogió el bastón que yo le estaba ofreciendo y salió disparado hacia la puerta.

—¡La has perdonado! ¡La has perdonado! —exclamó Anna Andréievna.

Pero el anciano no llegó hasta el umbral. La puerta se abrió repentinamente, y Natasha, pálida, con los ojos centelleantes, como con fiebre, irrumpió en el cuarto. Llevaba el vestido todo arrugado y empapado por la lluvia. El pañuelo con el que se cubría la cabeza se le había resbalado hacia la nuca, y en los desordenados mechones de espeso cabello brillaban gruesas gotas de lluvia. Entró a la carrera, vio a su padre y, soltando un grito, cayó de rodillas a sus pies, tendiendo las manos hacia él.


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