Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Muchas tardes, estando todos reunidos (Maslobóiev también solía venir casi a diario), se presentaba el viejo doctor, que se había hecho íntimo de los Ijménev; también traíamos a Nellie en su silla y la sentábamos a la mesa camilla, para que nos hiciera compañía. Dejábamos abierta la puerta que daba al balcón. El jardín, con todo su verdor, iluminado por el sol poniente, quedaba a la vista. Olía a hierba fresca y a lilas recién florecidas. Nellie estaba ahí sentada, mirándonos a todos con ternura, pendiente de nuestra charla. De vez en cuando se animaba y, sin que nos diéramos cuenta, empezaba a contar alguna cosa… Pero en esos momentos todos la escuchábamos con cierta inquietud, porque surgían en sus recuerdos algunos temas que no convenía tocar. Todos, tanto los Ijménev y Natasha como yo, nos sentíamos culpables y reconocíamos nuestro error de aquel día, cuando Nellie, temblorosa y exhausta, no tuvo más remedio que contarnos su historia. El doctor era especialmente reacio a semejantes evocaciones y, por lo general, procurábamos cambiar de tema. En tales ocasiones Nellie hacía como si no se hubiera dado cuenta de nuestros desvelos y empezaba a reírse con el doctor o con Nikolái Sergueich…
Pero, a pesar de todo, cada vez estaba peor. Se había vuelto extraordinariamente impresionable. Su corazón no latía con regularidad. El doctor llegó a decirme que era posible que muriera muy pronto.