Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos No se lo dije a los Ijménev, para no alarmarlos. Nikolái Sergueich estaba convencido de que la niña saldrÃa adelante.
—Mira, ya ha vuelto papá —dijo Natasha, oyendo su voz—. Vamos, Vania.
Como solÃa hacer cada vez que ponÃa el pie en casa, Nikolái Sergueich empezaba a hablar a voces. Anna Andréievna rápidamente le hizo un gesto con las manos. Inmediatamente el viejo bajó el tono y, con aire ajetreado, empezó a contarnos en un susurro el resultado de su expedición: el puesto que andaba persiguiendo ya era suyo, estaba muy contento.
—En un par de semanas ya podremos viajar —dijo, frotándose las manos, al tiempo que miraba de reojo, con cierta ansiedad, a Natasha.
Pero Natasha le respondió con una sonrisa y le abrazó de tal manera que todas sus dudas se disiparon al instante.