Humillados y ofendidos

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»Mira, las cosas fueron así. Este invierno, antes de que Smith muriera, el príncipe, recién llegado de Varsovia, empezó a ocuparse de este asunto. Bueno, en realidad había empezado bastante antes, el año pasado. Pero entonces buscaba una cosa, y ahora buscaba otra distinta. Lo más importante es que había perdido el hilo. Trece años hacía que había roto con la hija de Smith en París y la había abandonado, pero durante esos trece años le había seguido la pista sin descanso; sabía que vivía con ese Heinrich del que se ha hablado hoy; sabía que había tenido a Nellie; sabía que ella estaba enferma; en una palabra, lo sabía todo, sólo que de repente perdió el hilo. Al parecer, lo perdió poco después de la muerte de Heinrich, cuando la hija de Smith se disponía a venir a San Petersburgo. Aquí, naturalmente, no habría tardado en dar con ella, cualquiera que fuera el nombre que usara a su regreso a Rusia; pero lo que pasó fue que sus agentes en el extranjero le proporcionaron una información falsa: le hicieron creer que la mujer vivía en una localidad perdida en el sur de Alemania; se habían equivocado por un descuido: la confundieron con otra mujer. Así pasó un año, tal vez más. Transcurrido un año, el príncipe empezó a tener sus dudas; ya antes, ciertos hechos le habían hecho pensar que aquélla no era la mujer que andaba buscando. Se planteaba entonces la pregunta: ¿dónde se había metido la verdadera? Y al príncipe se le ocurrió (sin basarse en nada concreto) que podía estar en San Petersburgo. Sin abandonar sus pesquisas en el extranjero, emprendió aquí otra investigación; pero, evidentemente, no quería hacer uso de los canales oficiales y se puso en contacto conmigo. Alguien le aconsejó que recurriera a mis servicios: le dijeron esto y lo otro, que si yo me ocupaba de ciertas tareas, como aficionado, y etcétera etcétera…


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