Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos »Bueno, el caso es que me expuso el asunto; pero, eso sÃ, de un modo muy confuso: el muy ladino me lo explicó todo de una manera muy confusa y ambigua. Cometió numerosos errores, se repitió varias veces, los mismos hechos te los presentaba simultáneamente desde distintos puntos de vista… Bueno, ya se sabe que, por mucho que nos empeñemos, siempre queda algún cabo suelto… Yo, naturalmente, me puse manos a la obra con humildad e inocencia… En fin, con la lealtad de un esclavo. Sin embargo, siguiendo una regla tajante que me habÃa impuesto, y acatando, al mismo tiempo, una ley natural (pues se trata de una ley natural), me pregunté, en primer lugar, si me habrÃa dicho lo que querÃa decirme. Y, en segundo lugar, si, por debajo de lo que habÃa tenido a bien decirme, no se esconderÃa alguna otra cosa que no me habÃa querido decir. Porque, en el segundo caso, como probablemente hasta tú, hijo mÃo, habrás podido comprender con tu cabeza de poeta, me estaba robando: y es que, si un servicio, pongamos, cuesta un rublo, el otro cuesta cuatro veces más; y yo serÃa un idiota si le diera por un rublo algo que vale cuatro. Empecé a darle vueltas y a hacer mis conjeturas, y poco a poco empecé a atar cabos; alguna cosa se la sonsaqué al prÃncipe, de alguna más me enteré por otras vÃas, otras las deduje yo por mi cuenta. Querrás saber cómo se me ocurrió todo eso. Pues te diré que, simplemente, porque al prÃncipe se le veÃa demasiado preocupado, como si estuviera asustado. Y, al fin y al cabo, ¿de qué podÃa tener miedo? HabÃa apartado a su amante de su padre, luego la habÃa dejado embarazada y habÃa acabado abandonándola. ¿Qué tenÃa de raro? Una bonita calaverada, nada más. Un hombre como el prÃncipe no se iba a amilanar por tan poca cosa. Y, sin embargo, se le notaba asustado. Eso fue lo que me hizo dudar. Entonces, hermano, di con algunas pistas de lo más interesantes, entre otras cosas, a través de Heinrich. Evidentemente, Heinrich habÃa fallecido, pero por una de sus primas (ahora vive aquÃ, en San Petersburgo, casada con un panadero), que habÃa estado muy enamorada de él en otros tiempos y que le habÃa seguido queriendo durante quince años, sin preocuparse por el grueso panadero, ese buen Vater al que, como quien no quiere la cosa, habÃa dado ocho hijos; a través de esa prima, te decÃa, he podido averiguar, recurriendo a tal efecto a toda clase de complicadas maniobras, algo muy importante: Heinrich, siguiendo una costumbre alemana, solÃa escribirle cartas y diarios, y poco antes de su muerte le hizo llegar ciertos papeles. La muy bruta no habÃa sido capaz de comprender lo que habÃa de importante en esos papeles; lo único que entendÃa eran los pasajes donde se habla de la luna, de mein lieber Augustin y también de Wieland[63], me parece. Pero yo obtuve los datos necesarios, y a partir de esas cartas di con un nuevo rastro. Me enteré, por ejemplo, del asunto del señor Smith, del capital, de su hija desvalijada, de cómo el prÃncipe se habÃa apoderado del dinero; por último, entre toda clase de exclamaciones, circunloquios y alegorÃas, las cartas me permitieron adivinar el quid de la cuestión. Pero entiéndeme bien, Vania, ¡no hay nada concluyente! El bobo de Heinrich lo ocultaba deliberadamente, y sólo habÃa vagas alusiones, pero, gracias a esas alusiones, tomadas en conjunto, empecé a vislumbrar la armonÃa celeste: ¡el prÃncipe se habÃa casado con la hija de Smith! ¿Dónde se habÃan casado, cómo, exactamente cuándo, aquà o en el extranjero, dónde estaban los documentos? Ni idea. Me tiraba de los pelos, de la rabia, y no hacÃa otra cosa que indagar e indagar. Noches y dÃas buscando sin parar.