Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Que le escribió! ¿Y le llegó la carta? —pregunté a gritos, impaciente.

—Ahí está la cuestión; no sé si le llegó o no. En cierta ocasión la hija de Smith se puso de acuerdo con esa comadre (¿te acuerdas de aquella fulana tan pintarrajeada, en casa de Búbnova?; ahora está en prisión); bueno, el caso es que a través de esa mujer le mandó la carta que había escrito, pero al final no pudo entregarla y se la devolvió; eso ocurrió tres semanas antes de su muerte… Pero es un hecho significativo: una vez que se había decidido a mandarle la carta, poco importa que se la devolvieran; pudo haberlo intentado en otra ocasión. En definitiva, no sé si mandó o no mandó esa carta, pero hay un motivo para suponer que no la mandó, y es que el príncipe sólo llegó a saber con toda certeza que esa mujer había estado en San Petersburgo y dónde había vivido exactamente después de su muerte. Por cierto, ¡seguro que se alegró al saberlo!

—Sí, recuerdo que Aliosha nos habló de una carta que había puesto muy contento a su padre; aunque no hace tanto de eso, a lo sumo un par de meses. Bueno, ¿qué más? ¿Qué más? ¿Qué pasó luego con el príncipe?


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