Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No cayó en la trampa, aunque sí se asustó; tanto que aún sigue asustado. Nos encontramos varias veces; ¡no hacía más que quejarse de su suerte! En cierta ocasión, en prueba de su amistad, le dio por sincerarse conmigo. Estaba convencido de que yo ya lo sabía todo. Me lo contó muy bien, sin tapujos, con mucho sentimiento; ni que decir tiene que me mintió como un bellaco. Fue entonces cuando pude calibrar hasta qué punto me tenía miedo. Esa vez me hice el tonto, fingiendo, precisamente, que intentaba dármelas de listo. Le asusté burdamente, con una torpeza estudiada. Me dirigí a él con muy malos modales, a propósito, y cerca estuve de amenazarle. Todo eso para que me tomara por un simple y al final se fuera de la lengua. ¡Me caló bien calado, el canalla! En otra ocasión me hice el borracho, pero tampoco funcionó, ¡se las sabe todas! Date cuenta, Vania: necesitaba averiguar hasta qué punto recelaba de mí y, al mismo tiempo, darle a entender que yo sabía más de lo que sabía realmente…
—Muy bien, ¿y al final qué?
—Al final no salió nada. Necesitaba pruebas, hechos, y no tenía nada de eso. Eso sí, él era consciente de una cosa: al fin y al cabo, yo siempre podía montar un escándalo. Y, claro, el escándalo era lo único que le asustaba, sobre todo desde que había empezado a entablar relaciones aquí. Supongo que sabrás que va a casarse…