Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No…
—¡El año que viene! Le echó el ojo a la novia el año pasado; entonces sólo tenía catorce años; ahora tiene quince, me parece, y aún lleva delantal, la pobrecilla. ¡Y los padres encantados! Puedes imaginarte qué ganas tenía el príncipe de que muriera su mujer. Se trata de la hija de un general, y tiene dinero, ¡un montón de dinero! Ni tú ni yo, hermano, nos vamos a casar nunca así… Pero hay una cosa que no me voy a perdonar en toda la vida —gritó Maslobóiev, dando un puñetazo en la mesa—, y es que… hace dos semanas me la pegó… ¡el muy sinvergüenza!
—¿Y eso?
—Pues mira, pasó esto. Veía que él había comprendido que yo no disponía de nada concreto, y sentía que, cuanto más se alargara el asunto, más cuenta se daría de mi indefensión. Total que acepté dos mil rublos que me ofreció.
—¡Aceptaste dos mil rublos!