Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Rublos de plata, Vania; haciendo de tripas corazón, cogí ese dinero. ¡Como si aquello no valiera más! Me sentí humillado. Fue igual que si me hubiera escupido. Me dijo: «Aún no le he pagado nada, Maslobóiev, por los trabajos anteriores». (Y el caso es que ya hacía tiempo que me había pagado ciento cincuenta rublos, como habíamos acordado). «Bueno, me marcho de viaje; aquí tiene dos mil rublos, y espero que todo este asunto quede definitivamente zanjado». Total, que respondí: «Definitivamente zanjado, príncipe». No me atrevía a mirarle a la cara, pensaba que ahí pondría: «¿Qué, te parece mucho? Pues nada, se lo estoy dando a un idiota por pura bondad». No recuerdo ni cómo salí de allí.

—Pero ¡eso fue una ruindad, Maslobóiev! —exclamé—. ¿Cómo pudiste hacerle eso a Nellie?

—No sólo fue una vileza, sino un crimen, fue algo repugnante… Fue… fue… ¡no hay palabras para expresarlo!

—¡Dios mío! ¡Al menos debería ocuparse de que a Nellie no le faltara de nada!

—Claro que debería. Pero ¿quién le va a obligar? ¿Quién le va a meter miedo? Te aseguro que no hay quien le asuste, por eso cogí el dinero. Fue como admitir que todo lo que podía temer de mí valía dos mil rublos de plata; ¡yo mismo me puse ese precio! Ahora, ¿con qué se le puede asustar?


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