Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pero, entonces… ¿entonces Nellie lo tiene todo perdido? —grité, casi con desesperación.
—¡De ningún modo! —exclamó con ardor Maslobóiev, cobrando nuevos ánimos—. No, ¡no estoy dispuesto a consentirlo! Volveré a empezar desde el principio, Vania. ¡Ya está decidido! ¿Y qué si cogà esos dos mil rublos? ¡Al cuerno! Fue en pago por la ofensa recibida, porque el muy bribón me la pegó; seguro que estuvo riéndose de mÃ. ¡Además de engañarme, se mofó! No, no voy a permitir que se rÃan de mÃ… Ahora, Vania, lo que tengo que hacer es empezar por la propia Nellie. Por ciertas cosas que he podido advertir, estoy convencido de que ella tiene la clave de todo este asunto. Ella lo sabe todo, todo… Seguro que su madre se lo contó. Se lo pudo contar en sus delirios, o en algún momento de depresión… No tenÃa con quién desahogarse. Sólo Nellie estaba a mano, asà que se lo tuvo que contar. Y hasta puede que encontremos algún documento —añadió, extasiado, frotándose las manos—. ¿Entiendes ahora, Vania, qué hago viniendo tanto por aquÃ? En primer lugar, porque somos amigos, eso por descontado; pero, sobre todo, para estar pendiente de Nellie; y por último, Vania, porque tienes que ayudarme, lo quieras o no: ¡tú tienes influencia sobre Nellie!