La mansa
La mansa Por si quieren saberlo les diré –pues hay que empezar a contar las cosas por el principio– que ella habÃa venido a mi casa a empeñar algunos objetos para poder pagar un anuncio en La Voz en el que, entre otras cosas, se decÃa que una institutriz aceptarÃa trabajar fuera de la ciudad, dar clases a domicilio, etc. Eso era al comienzo mismo, cuando yo, naturalmente, no la distinguÃa de los demás: venÃa como tantos otros, nada más. Luego empecé a fijarme en ella. Era delgadita, muy rubia, más bien alta que baja; conmigo siempre se mostraba un poco incómoda, como si se sintiera cohibida (creo que era asà con cualquier extraño, y yo, ni que decir tiene, le importaba tanto como cualquier otro, quiero decir como persona, no como prestamista). En cuanto recibÃa el dinero, daba media vuelta y se marchaba. Y todo en silencio. Otros discuten, piden, regatean para que les den más; pero ella no, cogÃa lo que le daban… Creo que estoy perdiendo el hilo… SÃ; lo primero que me sorprendió fueron los objetos que me traÃa: unos zarcillos de plata bañados en oro, un medalloncito de poca monta; objetos, en fin, de muy escaso valor. Ella misma sabÃa que no valÃan nada, pero yo veÃa en su cara que para ella eran preciosÃsimos; y, en efecto, más tarde me enteré de que era todo lo que le habÃan dejado sus padres. Solo una vez me permità reÃrme de sus cosas. Por lo demás, como comprenderán ustedes, nunca me permito tales reacciones; el tono que adopto con mis clientes es el de un auténtico caballero: pocas palabras, corteses y severas. «Severidad, severidad y severidad.» Pero un dÃa se le ocurrió traerme los restos (y nunca mejor dicho) de una vieja chaquetilla de piel de liebre, y yo no pude contenerme y le dije algo que pretendÃa ser una broma. ¡Dios santo, se puso como la grana! TenÃa ojos grandes, azules, pensativos, pero ¡cómo centellearon! No obstante, no dijo ni una palabra, cogió sus «restos» y se marchó. Fue entonces cuando por primera vez reparé y pensé en ella de esa manera, es decir, de una manera especial. SÃ; aún me acuerdo de una impresión, la impresión principal, si ustedes quieren, la sÃntesis de todo: a saber, que era terriblemente joven, tan joven que uno le habrÃa echado catorce años, cuando en verdad solo le faltaban tres meses para cumplir los dieciséis. No obstante, no es eso lo que querÃa decir, no es ahÃ, ni mucho menos, donde está la sÃntesis. Al dÃa siguiente apareció de nuevo. Más tarde me enteré de que habÃa ofrecido la chaquetilla de marras a Dobronrávov y a Mózer, pero ellos no aceptan nada más que oro, asà que no quisieron hablar siquiera del asunto. Yo, en cambio, le habÃa aceptado una vez un camafeo (una baratija, la verdad), aunque después, al reflexionar, me habÃa asombrado: yo tampoco acepto más que oro y plata, y sin embargo a ella le tomé el camafeo. Fue la segunda vez que pensé en ella, lo recuerdo muy bien.
