La mansa

La mansa

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
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Por si quieren saberlo les diré –pues hay que empezar a contar las cosas por el principio– que ella había venido a mi casa a empeñar algunos objetos para poder pagar un anuncio en La Voz en el que, entre otras cosas, se decía que una institutriz aceptaría trabajar fuera de la ciudad, dar clases a domicilio, etc. Eso era al comienzo mismo, cuando yo, naturalmente, no la distinguía de los demás: venía como tantos otros, nada más. Luego empecé a fijarme en ella. Era delgadita, muy rubia, más bien alta que baja; conmigo siempre se mostraba un poco incómoda, como si se sintiera cohibida (creo que era así con cualquier extraño, y yo, ni que decir tiene, le importaba tanto como cualquier otro, quiero decir como persona, no como prestamista). En cuanto recibía el dinero, daba media vuelta y se marchaba. Y todo en silencio. Otros discuten, piden, regatean para que les den más; pero ella no, cogía lo que le daban… Creo que estoy perdiendo el hilo… Sí; lo primero que me sorprendió fueron los objetos que me traía: unos zarcillos de plata bañados en oro, un medalloncito de poca monta; objetos, en fin, de muy escaso valor. Ella misma sabía que no valían nada, pero yo veía en su cara que para ella eran preciosísimos; y, en efecto, más tarde me enteré de que era todo lo que le habían dejado sus padres. Solo una vez me permití reírme de sus cosas. Por lo demás, como comprenderán ustedes, nunca me permito tales reacciones; el tono que adopto con mis clientes es el de un auténtico caballero: pocas palabras, corteses y severas. «Severidad, severidad y severidad.» Pero un día se le ocurrió traerme los restos (y nunca mejor dicho) de una vieja chaquetilla de piel de liebre, y yo no pude contenerme y le dije algo que pretendía ser una broma. ¡Dios santo, se puso como la grana! Tenía ojos grandes, azules, pensativos, pero ¡cómo centellearon! No obstante, no dijo ni una palabra, cogió sus «restos» y se marchó. Fue entonces cuando por primera vez reparé y pensé en ella de esa manera, es decir, de una manera especial. Sí; aún me acuerdo de una impresión, la impresión principal, si ustedes quieren, la síntesis de todo: a saber, que era terriblemente joven, tan joven que uno le habría echado catorce años, cuando en verdad solo le faltaban tres meses para cumplir los dieciséis. No obstante, no es eso lo que quería decir, no es ahí, ni mucho menos, donde está la síntesis. Al día siguiente apareció de nuevo. Más tarde me enteré de que había ofrecido la chaquetilla de marras a Dobronrávov y a Mózer, pero ellos no aceptan nada más que oro, así que no quisieron hablar siquiera del asunto. Yo, en cambio, le había aceptado una vez un camafeo (una baratija, la verdad), aunque después, al reflexionar, me había asombrado: yo tampoco acepto más que oro y plata, y sin embargo a ella le tomé el camafeo. Fue la segunda vez que pensé en ella, lo recuerdo muy bien.


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