La mansa
La mansa En aquella ocasión, es decir, después de haber estado en casa de Mózer, me trajo una boquilla de ámbar, un objeto curioso para un aficionado, pero para nosotros una vez más desprovisto de valor, pues nosotros solo aceptamos oro. Como volvía después del motín de la víspera, la recibí con severidad. En mi caso, severidad significa sequedad. No obstante, al entregarle los dos rublos, no pude contenerme y le dije con cierto enfado: «Lo hago únicamente por usted; Mózer nunca le habría aceptado una cosa así». Subrayé de manera especial las palabras «por usted», con intención de darles cierto sentido. Estaba enfadado. Al oír ese «por usted», ella volvió a ponerse colorada, pero se calló, no arrojó el dinero, lo aceptó. ¡Lo que hace la pobreza! Pero ¡qué colorada se puso! Me di cuenta de que la había ofendido. Cuando se fue, me pregunté de pronto: ¿acaso esa victoria sobre ella no vale dos rublos? ¡Je, je, je! Recuerdo que me hice dos veces esa misma pregunta: «¿Los vale? ¿Los vale?». Y, riendo, contesté afirmativamente. Me sentí entonces muy contento. Pero no era un mal sentimiento: lo había hecho a propósito, de manera deliberada; quería probarla, porque empezaban a fermentar en mí ciertas ideas que la concernían. Fue la tercera vez que pensé en ella de manera especial.
