Los demonios

Los demonios

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Al cabo de un cuarto de hora ya se estaban subiendo a una brichka[377] cubierta, él muy animado y plenamente satisfecho, ella a su lado, con su bolsa y una sonrisa de agradecimiento. Anísim los acomodó.

—Buen viaje, señor —se afanaba solícito al lado de la brichka—, nos ha alegrado tanto verle.

—Adiós, adiós, amigo mío, adiós.

—Cuando vea a Fiódor Matveich…

—Sí, sí, amigo mío… a Fiódor Petróvich… hala, adiós.

II

—Verá, amiga mía, me permite considerarme amigo suyo, n’est pas?[378] —se apresuró a decir Stepán Trofímovich, en cuanto echó a andar la brichka—. Verá usted, yo… J’aime le peuple, c’est indispensable, mais il me semble que je ne l’avais jamais vu de près… Stasie… cela va sans dire qu’elle est aussi du peuple… mais le vrai peuple[379], es decir, el auténtico, el que uno encuentra en la carretera, parece que solo se preocupa por saber adónde voy en realidad. Pero tampoco hay que tomárselo a mal. A veces parece que pierdo el hilo, pero yo creo que es por las prisas.

—Se diría, señor, que no está bien. —Sofia Matvéievna lo examinaba atenta, aunque respetuosamente.


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