Los demonios

Los demonios

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Por encima de todo, sentía un hartazgo de la vida casi enloquecedor. Pasado el peligro, habría olvidado por completo el suceso de la calle Gorójovaia, igual que olvidé todos los demás hechos acaecidos en aquella época, si no hubiera sido porque por algún tiempo no pude dejar de acordarme con rabia de lo cobarde que había sido. Di rienda suelta a mi rabia con todo aquel que tuve a mi alcance. Más o menos por entonces, aunque en realidad sin ningún motivo concreto, se me metió en la cabeza la idea de malograr mi vida, utilizando para ello el método más repugnante que se pueda imaginar. Ya llevaba cerca de un año dándole vueltas a la posibilidad de pegarme un tiro, pero en eso se me presentó una oportunidad mejor. Así, un día, según miraba a la pobre Maria Timoféievna Lebiádkina, la mujer que echaba una mano en la pensión, y que por entonces aún no había enloquecido, aunque sí era una pobre idiota sin remisión y estaba perdidamente enamorada de mí en secreto (cosa que mis amigos habían averiguado), tomé de pronto la decisión de casarme con ella. La idea de la boda de un Stavroguin con la más mísera de las criaturas puso mis nervios en tensión. Era imposible concebir nada más monstruoso. Ahora bien, no acabo de tener claro si en esa decisión mía entraba inconscientemente (¡inconscientemente, claro que sí!) la cólera que me dominaba por la despreciable cobardía que había mostrado después de lo de Matriosha. Francamente, no lo creo. En cualquier caso, me casé con ella, y no por «una apuesta hecha estando borracho después de una comilona». Los testigos fueron Kiríllov, Piotr Verjovenski, que se hallaba casualmente en San Petersburgo, y, por último, el propio Lebiadkin y Prójor Málov (que ya ha muerto). Nadie más estuvo nunca al corriente, y los que lo sabían juraron guardar silencio. Ese silencio siempre me ha parecido una suerte de ruindad, pero hasta ahora nadie lo ha roto jamás, aunque yo he tratado de hacerlo público; lo hago ahora, junto con todo lo demás.


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