Los demonios
Los demonios Después de la boda, me fui a la provincia, a pasar una temporada con mi madre, con el propósito de distraerme. En nuestra ciudad corría el rumor desde tiempo atrás de que yo estaba loco; un convencimiento que aún hoy persiste y que, sin ninguna duda, me perjudica, como luego explicaré. Poco más tarde me marché al extranjero, y estuve fuera del país cuatro años.
Estuve en Oriente, en un monasterio del Monte Athos asistí a oficios de vísperas que duraban ocho horas; estuve en Egipto, viví en Suiza, viajé incluso hasta Islandia; pasé un año entero en la Universidad de Gotinga. En mi último año fuera, entablé una estrecha amistad con una distinguida familia rusa en París, y con dos jóvenes rusas en Suiza. Hará unos dos años, en Fráncfort, según pasaba por delante del escaparate de una papelería, me llamó la atención, entre una serie de fotografías que estaban a la venta, el retrato de una niña, ataviada con un elegante vestido infantil pero muy parecida a Matriosha. Compré el retrato sin dudar un instante y, de vuelta en el hotel, lo coloqué sobre la repisa de la chimenea de mi habitación. Allí estuvo una semana intacto, sin que yo lo mirase ni una sola vez, y cuando me fui de Fráncfort me lo dejé allí olvidado.