Los demonios
Los demonios Menciono este episodio solo para demostrar hasta qué punto era dueño de mis recuerdos y cuán indiferente me había vuelto a ellos. Los desechaba todos en bloque, y en bloque desaparecían, obedientes, en cuanto lo deseaba. Siempre me aburrió rememorar el pasado y nunca fui capaz de tener conversaciones sobre él, como casi todo el mundo hace, sobre todo porque, como todo lo demás que me concernía, el pasado me resultaba odioso. En cuanto a Matriosha, hasta me olvidé de coger el retrato de la chimenea.
Hará cosa de un año, en primavera, viajando por Alemania, dejé pasar por pura distracción la estación de ferrocarril en la que tenía que haber cambiado de tren, y de ese modo seguí adelante en dirección equivocada. Tuve que apearme en la siguiente estación; eran las dos de la tarde pasadas y hacía muy buen día. Se trataba de un pequeño pueblecillo. Me indicaron un hotel; me tocaba hacer tiempo, porque no pasaría otro tren hasta las once de la noche. La verdad era que estaba encantado con mi aventura, dado que no tenía prisa por llegar a ningún sitio. El hotel resultó ser una fonda pequeña y cochambrosa, pero toda de madera y enteramente rodeada de macizos de flores. Me dieron una habitación minúscula. Comí copiosamente y, como llevaba toda la noche de viaje, caí profundamente dormido después del almuerzo, a eso de las cuatro de la tarde.