Los demonios
Los demonios —¡Va a venir! Por fin yo… entiéndame, ¡hace tanto que no veo a Petrusha! —Stepán TrofÃmovich no conseguÃa salir de esa frase—. Ahora estoy esperando a mi pobre chico, ante quien… ¡oh, ante quien me siento tan culpable! Vaya, lo que quiero decir, en realidad, es que, cuando lo dejé aquella vez en San Petersburgo, yo… en una palabra, me pareció una nulidad, quelque chose dans ce genre[90]. Es un muchacho, sabe usted, nervioso, muy sensible y… asustadizo. Al acostarse, se inclinaba hasta el suelo y hacÃa la señal de la cruz sobre la almohada para no morirse por la noche… je m’en souviens. Enfin[91], ningún sentimiento refinado, quiero decir, ningún indicio de algo más elevado, de algo esencial, ningún germen de una idea futura… c’était comme un petit idiot[92]. Creo, de todos modos, que no me he explicado bien, disculpe, yo… me han encontrado ustedes…
—¿En serio? ¿HacÃa la señal de la cruz sobre la almohada? —preguntó de improviso el ingeniero con especial curiosidad.
—SÃ, eso hacÃa…
—No, nada; continúe.
Stepán TrofÃmovich dirigió una mirada inquisitiva a Liputin.
—Les agradezco mucho su visita, pero confieso que ahora mismo… no estoy en condiciones… PermÃtame, no obstante, una pregunta: ¿dónde se aloja usted?