Los demonios

Los demonios

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—Aquí no hay ningún asunto delicado, y esto es una vergüenza, yo a usted no le he gritado que era una tontería, sino a Liputin, por añadir. Disculpe si ha creído que era por usted. Yo a Shátov lo conozco, pero a su mujer no la conozco… ¡no la conozco en absoluto!

—Entiendo, entiendo; si he insistido, ha sido tan solo porque aprecio mucho a nuestro pobre amigo, notre irascible ami[94], y siempre me he interesado por él… En mi opinión, ese hombre ha cambiado de un modo demasiado drástico sus ideas anteriores, acaso demasiado juveniles, pero en todo caso justas. Y ahora se desgañita hablando de notre sainte Russie, hasta tal punto que hace tiempo vengo atribuyendo esa crisis orgánica (pues no se le puede llamar de otro modo) a alguna violenta conmoción familiar, y más concretamente a su desdichado matrimonio. Yo, que me conozco mi pobre Rusia de pe a pa, y que he entregado mi vida al pueblo ruso, puedo asegurarle que él no conoce al pueblo ruso, y que además…

—Yo tampoco conozco al pueblo ruso y… ¡no tengo tiempo para estudiarlo! —le interrumpió de nuevo el ingeniero, que volvió a removerse bruscamente en el sofá. Stepán Trofímovich se quedó cortado en mitad de una frase.


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