Los demonios
Los demonios El ingeniero escuchaba con una pálida y displicente sonrisa. Durante medio minuto todos guardamos silencio.
—Todo esto es estúpido, Liputin —dijo por fin el señor KirÃllov, con cierta dignidad—. Si por casualidad le he dicho algunas tonterÃas, y usted las ha repetido, allá usted… Pero no tiene derecho, porque yo nunca hablo con nadie. Desprecio tener que hablar… Cuando hay convicciones, para mà está claro… pero usted ha hecho una tonterÃa. Yo no discuto de aquellos temas donde todo está zanjado. No soporto tener que razonar. Nunca me ha gustado razonar…
—Y posiblemente hace usted muy bien —dijo Stepán TrofÃmovich, que ya no se podÃa contener.
—Les pido disculpas, pero no estoy enfadado aquà con nadie —prosiguió el invitado, hablando muy deprisa y en tono acalorado—; en cuatro años he visto a poca gente… En cuatro años casi no he hablado con nadie y he procurado no ver a nadie, para mis propios fines, que no vienen al caso. Liputin se ha enterado y se rÃe. Lo entiendo, y no me importa. Yo no me ofendo, pero me molesta por su libertad. Y, si no les explico mis ideas —concluyó inesperadamente, recorriéndonos a todos con una dura mirada—, no es porque tenga miedo de que me denuncien ante la autoridad; no es eso, por favor, no vayan a pensar ninguna tonterÃa semejante…