Los demonios

Los demonios

Nadie respondió ya a estas palabras; nos limitamos a intercambiar miradas. Ni tan siquiera Liputin se acordó de soltar una risita.

—Caballeros, lo siento mucho —Stepán Trofímovich se levantó del sofá con decisión—, pero no me encuentro bien y no estoy de humor. Les pido disculpas.

—Ah, es para que nos vayamos —reaccionó el señor Kiríllov, y cogió su gorra—; está bien que lo haya dicho, yo soy muy distraído. —Se levantó y con aire ingenuo se acercó a Stepán Trofímovich, tendiéndole la mano—. Siento haber venido estando usted enfermo.

—Le deseo toda clase de éxitos —respondió Stepán Trofímovich, estrechándole la mano de buena gana y sin prisas—. Entiendo que, si como usted dice, ha vivido tanto tiempo en el extranjero, apartado de la gente en aras de sus propios fines, y ha llegado a olvidar a Rusia, a nosotros, los que somos rusos hasta la médula, tendrá que mirarnos con la misma extrañeza con la que nosotros le miramos a usted. Mais cela passera[95]. Solo hay una cosa que me desconcierta: quiere usted construirnos un puente y al mismo tiempo asegura que defiende el principio de la destrucción universal. ¡No van a permitirle construir nuestro puente!


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker