Los demonios
Los demonios —No tiene mayor interés… Quiero decir que todo apunta a que ese capitán no se marchó entonces de la ciudad por la cuestión de los papeles falsos, sino sencillamente para buscar a esa hermana suya, que aparentemente estaba escondida por ahÃ, huyendo de él; el caso es que ahora se la ha traÃdo, y ésa es toda la historia. ¿Qué es lo que le asusta, Stepán TrofÃmovich? Todo esto que cuento, en definitiva, lo sé por lo que él mismo me dice cuando está borracho, porque cuando está sobrio no suelta prenda. Es un hombre irritable y, digámoslo asÃ, un esteta al modo militar, pero de muy mal gusto. Y esa hermana suya no solo está loca, sino que además es coja. Por lo visto, alguien la sedujo y la deshonró, y parece que por ese motivo el señor Lebiadkin, desde hace años, recibe del seductor una compensación anual por la afrenta a su honor; al menos, eso es lo que se desprende de sus peroratas, aunque, en mi opinión, todo eso es pura verborrea de borracho. No es más que jactancia. Además, esas cosas se pueden arreglar por bastante menos dinero. Lo que sà es seguro es que él dispone de un buen capital; hace semana y media andaba por ahà descalzo, y ahora lo he visto con cientos de rublos en la mano. La hermana sufre ataques a diario, empieza a chillar, y él «la mete en cintura» con la nagaika. Hay que hacerse respetar por las mujeres, dice. Si hay algo que no entiendo es cómo Shátov sigue viviendo justo encima de ellos. Alekséi NÃlych solo ha aguantado tres dÃas, y eso que ya se conocÃan de San Petersburgo. Ha tenido que trasladarse a un pabellón separado para vivir tranquilo.