Los demonios
Los demonios —¿Es verdad todo eso? —Stepán TrofÃmovich se dirigió al ingeniero.
—Habla usted demasiado, Liputin —murmuró KirÃllov, furioso.
—¡Misterios, secretos! ¿Por qué hay de repente tantos secretos entre nosotros? —exclamó Stepán TrofÃmovich, sin poder contenerse.
El ingeniero frunció el ceño, se ruborizó, se encogió de hombros y se dirigió hacia la puerta de la habitación.
—Alekséi NÃlych ha tenido incluso que quitarle la nagaika, romperla y tirarla por la ventana, y han discutido airadamente —añadió Liputin.
—¿Por qué tiene que hablar tanto, Liputin? Es una estupidez. ¿Por qué? —dijo Alekséi NÃlych, dándose la vuelta al instante.
—¿Para qué ocultar, por modestia, los más nobles impulsos del alma? De su alma, quiero decir, no hablo de la mÃa…
—Todo esto es tan estúpido… e inútil… Lebiadkin es un idiota y un hombre vacÃo… Además, es inútil para la causa y es… totalmente perjudicial. Basta de palabrerÃa. Me voy.