Los demonios
Los demonios —¡Ay, quĂ© pena! —exclamĂł Liputin con una sonrisa radiante—. Si no, le habrĂa contado otra anĂ©cdota, Stepán TrofĂmovich; se iba a reĂr usted. De hecho, habĂa venido con esa intenciĂłn, aunque a lo mejor usted ya lo ha oĂdo. Bueno, otra vez será, AleksĂ©i NĂlych tiene mucha prisa… Hasta la vista. La historia tiene que ver con Varvara Petrovna, lo que me pude reĂr con ella hace un par de dĂas; me habĂa mandado llamar expresamente; quĂ© cosa más graciosa. Hasta la vista.
Pero Stepán TrofĂmovich ya no le dejaba irse: lo agarrĂł de los hombros, lo hizo entrar de nuevo en la habitaciĂłn y lo sentĂł en una silla. Liputin estaba asustado.
—¿QuĂ© quiere que le diga? —empezĂł, mirando con recelo a Stepán TrofĂmovich desde su silla—. De repente me llama y me pregunta «confidencialmente» cĂłmo está, en mi opiniĂłn, Nikolái VsĂ©volodovich: Âżestá trastornado o está en su sano juicio? ÂżNo le parece sorprendente?
—¡Se ha vuelto usted loco! —murmurĂł Stepán TrofĂmovich, y de repente perdiĂł los estribos—. Liputin, usted sabe de sobra que ha venido aquĂ exclusivamente a contar alguna bajeza como Ă©sa o… ¡algo todavĂa peor!