Los demonios
Los demonios En ese instante, me vino a la memoria su sospecha de que Liputin no solo sabÃa de nuestro asunto más que nosotros mismos, sino que además sabÃa algo que nosotros nunca llegarÃamos a saber.
—¡Por el amor de Dios, Stepán TrofÃmovich! —balbuceó Liputin, muerto de miedo—. Por el amor de Dios…
—¡Cállese de una vez y empiece! Le ruego encarecidamente, señor KirÃllov, que vuelva usted también y que esté presente, ¡se lo ruego! Tome asiento. Y usted, Liputin, empiece sin rodeos, con claridad… y ¡nada de excusas!
—Si hubiera sabido que iba a ponerse asÃ, ni siquiera habrÃa empezado… Y ¡yo que creÃa que a usted se lo habÃa contado la propia Varvara Petrovna!
—¡Usted no creÃa nada de eso! ¡Empiece, empiece de una vez, ya se lo he dicho!
—Pero hágame el favor de sentarse. ¿Cómo voy a estar aquà sentado mientras usted no para de moverse como un poseso delante de mÃ? Y además asà no hay quien hable con un mÃnimo de coherencia.
Stepán TrofÃmovich se refrenó y se desplomó en un sillón aparatosamente. El ingeniero miraba al suelo, apesadumbrado. Liputin los contemplaba con desaforado regocijo.
—A ver por dónde empiezo… Estoy tan confuso…