Los demonios
Los demonios Mayo estaba en todo su esplendor; los atardeceres eran maravillosos. Los cerezos alisos estaban en flor. Los dos amigos bajaban a diario al jardín y se quedaban en el cenador hasta la noche, compartiendo sentimientos y pensamientos. Había momentos poéticos. Varvara Petrovna, afectada por el giro en su destino, hablaba más de lo habitual. Parecía más aferrada que nunca al corazón de su amigo, y esa situación se prolongó algunas veladas. Una extraña idea se le ocurrió de pronto a Stepán Trofímovich: ¿no estaría pensando en él aquella viuda inconsolable? ¿No esperaría, cuando pasara el año de luto, una proposición suya? Era una idea cínica, pero en ocasiones la excelencia del espíritu contribuye a la inclinación por las ideas cínicas, aunque solo sea por lo multifacético de su desarrollo. Se puso a reflexionar, y llegó a la conclusión de que era muy posible. Consideró: «Su fortuna es inmensa, es verdad, pero…». En efecto, Varvara Petrovna no era precisamente una belleza: era una mujer alta, amarilla de tez, huesuda, con una cara desmesuradamente alargada que tenía algo de caballuno. Stepán Trofímovich estaba cada vez más indeciso, las dudas lo atenazaban, en un par de ocasiones llegaron a saltársele las lágrimas por culpa de su falta de determinación (lloraba con bastante frecuencia). Por las tardes, estando en el cenador, su rostro empezó a adoptar sin querer una expresión entre caprichosa y burlona, coqueta y arrogante al mismo tiempo. Son cosas que ocurren de manera inconsciente, sin que uno se dé cuenta, y cuanto más noble es la persona, más evidente suele ser. Solo Dios sabe cómo habría que juzgar este caso, pero lo más probable es que en el corazón de Varvara Petrovna no se estuviera gestando nada que justificase plenamente las sospechas de Stepán Trofímovich. Por otra parte, ella jamás habría estado dispuesta a renunciar a su apellido de Stavróguina, sustituyéndolo por el de Stepán Trofímovich, por muy renombrado que fuera. Es posible que por parte de Varvara Petrovna aquello no fuese más que un pasatiempo femenino, la manifestación de un anhelo inconsciente, algo muy natural en ciertos tipos excepcionales de mujeres. Tampoco pondría la mano en el fuego: ¡hasta el día de hoy las profundidades del corazón femenino siguen siendo algo insondable! Pero hay que continuar.