Los demonios

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Debemos suponer que ella no tardaría en deducir lo que se ocultaba tras la extraña expresión en el semblante de su amigo: era una mujer atenta y observadora, y él, en cambio, podía llegar a ser bastante ingenuo. Pero siguieron con sus encuentros vespertinos, y los coloquios eran igual de líricos e interesantes. Hasta que un día, al anochecer, después de una charla singularmente animada y poética, se despidieron de forma afectuosa, con un cordial apretón de manos en el porche del pabellón donde estaba instalado Stepán Trofímovich. En verano siempre se trasladaba a ese pabellón, prácticamente situado en el jardín de la enorme mansión señorial de Skvoréshniki. Nada más entrar en su cuarto, inquieto y pensativo, cogió un cigarro y, sin llegar a encenderlo, se quedó parado, vencido por el cansancio, delante de la ventana abierta, mirando las blancas nubes que se deslizaban, ligeras como plumón, alrededor de una luna brillante, cuando de pronto un leve susurro lo sobresaltó, haciéndole volver la cabeza. Allí estaba otra vez su amiga, de la que se había despedido hacía apenas cuatro minutos. Su tez amarillenta se había vuelto casi azul; le temblaban las comisuras de los labios, apretados con fuerza. Durante diez largos segundos Varvara Petrovna lo miró a los ojos en silencio, con una mirada dura e implacable, y de pronto susurró a toda prisa:

—¡Nunca se lo voy a perdonar!


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