Los demonios

Los demonios

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Salí, y ya había bajado las escaleras cuando de repente un criado me dio alcance en el porche:

—La señora le suplica que vuelva…

—¿La señora o Lizaveta Nikoláievna?

—Esta misma, señor.

No encontré a Liza en el salón donde habíamos estado, sino en un recibidor contiguo. La puerta del salón, donde solo quedaba Mavriki Nikoláievich, estaba cerrada.

Liza me sonrió, pero estaba pálida. Se hallaba en medio de la estancia, de pie, visiblemente indecisa, luchando consigo misma; pero de pronto me tomó de la mano y me llevó sin decir nada hacia la ventana.

—Quiero verla de inmediato —susurró, apremiándome con una mirada ardiente, enérgica, impaciente, que no admitía ni una sombra de contradicción—; tengo que verla con mis propios ojos y le suplico que me ayude.

Se encontraba en un estado de frenesí y… de desesperación.

—¿A quién quiere ver usted, Lizaveta Nikoláievna? —le pregunté alarmado.

—A la Lebiádkina, esa coja… ¿Es verdad que es coja?

Me quedé perplejo.


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