Los demonios
Los demonios —Nunca la he visto, pero he oÃdo decir que es coja, ayer mismo lo oà —farfullé precipitadamente, hablando también yo en un susurro.
—Necesito verla a toda costa. ¿PodrÃa arreglarlo para hoy mismo?
Sentà una pena inmensa por ella.
—Es imposible, además no tengo ni idea de cómo hacerlo —traté de disuadirla—. Iré a ver a Shátov…
—Si no puede arreglarlo para mañana, iré yo misma a verla, sola, porque Mavriki Nikoláievich no está dispuesto. Tan solo confÃo en usted, no cuento con nadie más; he hablado con Shátov de una forma estúpida… Estoy convencida de su honradez y creo que está usted dispuesto a hacer cualquier cosa por mÃ; intente arreglarlo.
SentÃa un ardiente deseo de ayudarla en todo lo posible.
—Esto es lo que voy a hacer —reflexioné unos instantes—: hoy mismo iré a verla, y seguro, ¡seguro que la encuentro! Me las arreglaré para verla, le doy mi palabra de honor; pero, eso sÃ, permÃtame que recurra a Shátov.