Los demonios
Los demonios —DÃgale que estoy deseando verla, y que no puedo esperar más, pero que hace un rato no he tratado de engañarlo. Puede que se haya ido porque es un hombre honrado y no le ha hecho ninguna gracia que intentara engañarlo, desde su punto de vista. Yo no lo estaba engañando; es verdad que quiero publicar libros y abrir una imprenta…
—Es un hombre honrado, muy honrado —asentà con convicción.
—En cualquier caso, si para mañana la cosa no se arregla, iré personalmente, pase lo que pase y aunque se entere todo el mundo.
—Yo mañana no puedo venir antes de las tres —advertÃ, tomando conciencia de la situación.
—Quedamos a las tres, entonces. ¿De modo que no andaba descaminada ayer, en casa de Stepán TrofÃmovich, cuando pensaba que usted iba a ser devoto mÃo? —dijo con una sonrisa, mientras me estrechaba precipitadamente la mano, a modo de despedida, y se apresuraba a volver con Mavriki Nikoláievich, que se habÃa quedado solo.