Los demonios

Los demonios

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—¡Lebiadkin es muy astuto, señora! —dijo éste con un guiño, sonriendo con malicia—. ¡Es muy astuto, pero tiene también un punto débil, que es la antesala de la pasión! Y esa antesala es la vieja y aguerrida botella de los húsares, cantada por Denís Davydov[154]. Resulta que, cuando se encuentra en esa antesala, señora, a veces le da por mandar una carta en verso, una carta mag-ní-fi-ca, pero que desearía después recuperar con las lágrimas de toda su vida, pues con ella se destruye el sentimiento de la belleza. Pero ¡una vez que el pájaro alza el vuelo, ya no hay quien lo atrape por la cola! En esa antesala, señora, Lebiadkin bien pudo, en la noble indignación de un alma turbada por los agravios, haber dicho algo de una muchacha honrada, de lo que se han aprovechado sus calumniadores. Pero ¡Lebiadkin es astuto, señora! Y en vano se alza sobre él un lobo siniestro, llenando su copa a cada instante y aguardando el final: Lebiadkin no se va a ir de la lengua, y en el fondo de la botella lo que aparece, una y otra vez, ¡es la astucia de Lebiadkin! Pero ¡basta ya, basta ya! Señora, sus espléndidas mansiones podrían pertenecer a la más noble de las personas, pero ¡la cucaracha no se queja! ¡Tome nota, señora, tome nota de una vez de que no se queja, y reconozca la grandeza de su alma!



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