Los demonios
Los demonios En ese momento, abajo, en la portería, se oyó una campanilla, y casi de inmediato apareció Alekséi Yegórych, que acudía con cierto retraso a la llamada de Stepán Trofímovich. El anciano y ceremonioso criado se presentó en un estado de extraordinaria agitación.
—Nikolái Vsévolodovich ha llegado ahora mismo y viene hacia aquí —anunció en respuesta a la mirada inquisitiva de Varvara Petrovna.
La recuerdo perfectamente en aquel momento: al principio se puso pálida, pero enseguida sus ojos centellearon. Se irguió en el sillón, con un aire de determinación poco común. El caso es que todos estábamos sorprendidos. La llegada repentina de Nikolái Vsévolodovich, prevista para un mes más tarde, resultaba extraña, no solo por inesperada, sino sobre todo por su fatal coincidencia con el momento que estábamos viviendo. Hasta el capitán se quedó quieto como un poste en medio de la estancia, boquiabierto y mirando a la puerta con un aire de indecible estupidez.
Y he aquí que en la pieza contigua, amplia y larga, se oyeron unos pasos cortos, extraordinariamente presurosos, cada vez más cercanos; se diría que alguien venía corriendo, y esa persona irrumpió de repente en la sala. Pero no se trataba de Nikolái Vsévolodovich, sino de un joven al que nadie conocía.