Los demonios
Los demonios Ruego al lector que tenga presente su reciente «exaltación», que aún no se le habÃa pasado. Sin duda, el propio Stepán TrofÃmovich también era culpable. Pero lo que me impresionó en aquellos momentos fue la admirable entereza con la que soportó tanto las «acusaciones» de Petrusha, sin que se le ocurriera interrumpirlas, como la «condena» de Varvara Petrovna. ¿De dónde habÃa sacado tanta presencia de ánimo? Yo de lo que sà me habÃa dado cuenta, hacÃa un rato, era de que su primer encuentro con Petrusha lo habÃa dejado muy dolido, por la forma en que lo habÃa abrazado. Era un dolor profundo y genuino, al menos en sus ojos y en su corazón. También lo atormentaba otro dolor en ese instante, como era la conciencia lacerante de haber actuado como un miserable; más tarde, él mismo me lo confesó con toda franqueza. Pero un dolor genuino, indudable, es capaz en ocasiones de volver consistente y estoico, aunque sea por poco tiempo, a un hombre de una frivolidad fenomenal; no solo eso, un dolor verdadero, genuino, puede incluso hacer sabios a los necios, solo por un tiempo, se entiende. Es una propiedad de ese dolor. Siendo asÃ, ¿qué no podrÃa suceder con un hombre como Stepán TrofÃmovich? Se verificó en él una transformación completa, aunque igualmente poco duradera, claro está.