Los demonios
Los demonios —Pierre, podrÃas hablarme de otro modo, ¿no te parece, amigo mÃo? —observó Stepán TrofÃmovich, hablando en un tono de lo más tranquilo.
—Por favor, no grites —dijo Pierre, haciendo aspavientos—; créeme que solo son tus viejos nervios enfermos, y no sirve de nada dar gritos. Más vale que me digas cómo es que no me advertiste, porque podÃas haber previsto que iba a lanzarme a hablar a las primeras de cambio.
Stepán TrofÃmovich le dirigió una mirada penetrante:
—Pierre, tú, que estás tan enterado de todo lo que pasa aquÃ, ¿de verdad que no sabÃas nada, que no habÃas oÃdo nada de este asunto?
—¿Cómooo? ¡Lo que hay que ver! ¿No te basta con ser un niño, a tus años? ¿TenÃas que ser también un niño malcriado? Varvara Petrovna, ¿ha oÃdo lo que ha dicho?
Se armó un alboroto; pero de pronto se produjo un incidente con el que nadie contaba.