Los demonios

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Posiblemente, exagerábamos. En primer lugar, Piotr Stepánovich se hizo conocido de media ciudad casi de inmediato, en los primeros cuatro días a partir de su llegada. Apareció un domingo, y ese mismo martes ya lo vi en calesa en compañía de Artemi Pávlovich Gagánov, hombre altanero, irritable e insolente, a pesar de su mundanidad, alguien con quien, por su carácter, era muy difícil congeniar. También lo recibieron muy bien en casa del gobernador, hasta el punto de que no tardaron en tratarlo como a uno más de la familia, su ojito derecho, por así decir: comía con Yulia Mijáilovna casi a diario. Se habían conocido en Suiza, pero había sin duda algo singular en su fulminante éxito en casa de su excelencia. Durante un tiempo, al fin y al cabo, había tenido fama de revolucionario emigrado; verdad o no, el caso es que había participado en algunas publicaciones y congresos en la emigración, cosa que «podía probarse por los periódicos», si hacía falta, como me dijo con malicia, una vez que me lo encontré, Aliosha Teliátnikov, hoy en día, ¡ay!, funcionario de poca monta ya jubilado, pero que en otros tiempos había sido el favorito del anterior gobernador. Con todo, ahí había un hecho incuestionable: el antiguo revolucionario no solo no había sufrido ninguna molestia a la hora de regresar a la amada patria, sino que prácticamente lo habían animado a volver; en definitiva, es muy posible que aquellas acusaciones fueran infundadas. Una vez Liputin me confesó que, según se rumoreaba, Piotr Stepánovich se había declarado arrepentido y le habían concedido el perdón, a cambio de algunos nombres; de ese modo también habría logrado, muy posiblemente, limpiar su expediente, con la promesa de servir a la patria en lo sucesivo. Estas palabras ponzoñosas se las repetí a Stepán Trofímovich, y éste, a pesar de que difícilmente estaba en condiciones de pensar claro, reflexionó largamente sobre la cuestión. Más adelante llegamos a saber que Piotr Stepánovich había venido a la ciudad provisto de algunas cartas de recomendación especialmente influyentes; en cualquier caso, traía una para la gobernadora, firmada por una respetable anciana de San Petersburgo, cuyo provecto marido era uno de los más altos dignatarios de la capital. Dicha anciana, madrina de Yulia Mijáilovna, le señalaba en su carta que también el conde K. conocía muy bien a Piotr Stepánovich, por mediación de Nikolái Vsévolodovich, que le tenía mucho aprecio y que lo consideraba un «joven digno de respeto, a pesar de los errores del pasado». Yulia Mijáilovna apreciaba sobremanera sus escasas relaciones con las «altas esferas», mantenidas a costa de tanto esfuerzo, y se alegró, como es natural, con la carta de tan notable anciana. Pero, con eso y con todo, aún quedaba algo por aclarar. Hasta su marido se vio obligado a mantener unas relaciones que resultaban casi familiares con Piotr Stepánovich, algo que al señor Von Lembke no le hacía demasiada gracia… pero ya hablaremos de eso. Tampoco quisiera dejar de señalar que el gran escritor mostró asimismo una magnífica disposición con Piotr Stepánovich y enseguida lo invitó a su casa. Tanta presteza en un hombre tan pagado de sí mismo hirió en el alma a Stepán Trofímovich; pero yo lo explicaría de otra manera: al invitar a aquel nihilista, el señor Karmazínov, por descontado, tenía muy presente su relación con los jóvenes progresistas de ambas capitales[160]. El gran escritor temblaba asustado ante la juventud revolucionaria rusa, y creyendo, en su ignorancia, que ésta tenía en sus manos la llave del futuro de Rusia, la adulaba de un modo humillante, principalmente porque aquellos jóvenes no le hacían ningún caso.


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