Los demonios
Los demonios Piotr Stepánovich se acercó en dos ocasiones a ver a su padre, pero, para mi desgracia, en ninguna de las dos estuve presente. La primera visita fue el miércoles, es decir, cuando ya habían pasado tres días de aquel primer encuentro, y fue para hablar de sus negocios. La liquidación de la hacienda, por cierto, se había cerrado con mucha discreción. Varvara Petrovna se hizo cargo de todo y pagó todo lo que se debía, quedándose con las tierras, lógicamente, y se limitó a informar a Stepán Trofímovich de que el asunto ya estaba zanjado, y su mayordomo Alekséi Yegórovich, actuando en calidad de plenipotenciario suyo, le llevó algunos papeles para su firma, cosa que él hizo sin decir una palabra y con una dignidad exquisita. A propósito de dignidad, diré que en aquellos días se me hacía difícil reconocer a nuestro viejo amigo. Se comportaba como nunca lo había hecho, se había vuelto asombrosamente taciturno, no le escribió ni una sola carta a Varvara Petrovna desde el mismo domingo, algo que me pareció milagroso, y, sobre todo, estaba muy sereno. Se aferraba a alguna idea definitiva y extraordinaria que le daba sosiego, era evidente. Había dado con esa idea, y estaba esperando tranquilamente. Al principio, no obstante, cayó enfermo, sobre todo el lunes; sufría un episodio de colerina. De todos modos, no podía pasar mucho tiempo sin recibir noticias; pero en el momento en que yo, dejando de lado los hechos, intentaba profundizar en la cuestión y formular alguna conjetura, mi amigo empezaba a hacer gestos para que me callase. En cualquier caso, las dos entrevistas con el hijo tuvieron un efecto devastador en él, si bien no quebrantaron su determinación. En los dos casos, después de esos encuentros, se pasó todo el día tumbado en el sofá, con la cabeza envuelta en un pañuelo empapado en vinagre; pero, en última instancia, siempre mantuvo la entereza.