Los demonios

Los demonios

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—Passons. No entiendo a Turguénev. Su Bazárov[163] es un personaje de ficción, que no existe en ninguna parte; ellos fueron los primeros en repudiarlo, por no parecerse a nadie. Ese Bazárov es una mezcla confusa de Nozdriov[164] y de Byron, c’est le mot[165]. Fíjese en ellos atentamente: ¡brincan y chillan de puro contento, como cachorros al sol, son felices, son los vencedores! ¡Qué tendrá que ver Byron!… Y, para colmo, ¡cuánta ordinariez! ¡Qué prurito plebeyo de vanidad, qué afán más vulgar de faire bruit autour de son nom[166], sin darse cuenta de que son nom… ¡Oh, qué caricatura! «Haz el favor —le grito—, ¿no querrás ofrecerte, así, tal cual, ante la gente, a cambio de Cristo?». Il rit. Il rit beaucoup, il rit trop[167]. Tiene una sonrisa rara. Su madre no tenía esa sonrisa. Il rit toujours[168]. —Otra vez se hizo el silencio—. Son astutos; el domingo se habían puesto de acuerdo… —soltó de repente.

—Oh, sí, sin duda —grité, aguzando el oído—, no era más que una conjura, pero era demasiado evidente e interpretaban muy mal sus papeles.

—No quería decir eso. No sé si sabrá que estaba interpretado mal a propósito, para que se dieran cuenta… quienes tenían que darse cuenta. ¿Lo entiende?

—No, no lo entiendo.

—Tant mieux. Passons[169]. Hoy tengo los nervios a flor de piel.


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