Los demonios
Los demonios —¿Qué es eso de que reduzco a Dios a un atributo de la nacionalidad? —gritó Shátov—. Al contrario, elevo al pueblo hasta Dios. ¿Acaso alguna vez ha sido distinto? El pueblo es el cuerpo de Dios. Todo pueblo es un pueblo en tanto en cuanto tiene su propio dios particular, y excluye a los demás dioses del mundo sin posibilidad de reconciliación; mientras cree que con su dios triunfará sobre los demás dioses y los expulsará de la faz de la Tierra. Eso han creÃdo todos los pueblos desde el principio de los tiempos, al menos todos los grandes pueblos, todos los que han descollado en alguna medida, todos los que se han situado a la cabeza de la humanidad. No es posible ir en contra de los hechos. Los judÃos vivieron únicamente para esperar al Dios verdadero, y legaron al mundo al verdadero Dios. Los griegos deificaron la naturaleza y transmitieron al mundo su religión, esto es, la filosofÃa y el arte. Roma deificó al pueblo en el Estado y dejó el Estado a los demás pueblos. Francia en el curso de su larga historia no ha sido sino la encarnación y el desarrollo de la idea del Dios de Roma y, si ha acabado finalmente arrojando al abismo a su Dios romano y ha abrazado el ateÃsmo, que ahora llaman socialismo, eso se ha debido únicamente a que el ateÃsmo, al fin y al cabo, es más sano que el catolicismo romano. Si un gran pueblo no cree que la verdad solo se encuentra en él (sola y exclusivamente en él), si no cree que es el único pueblo capacitado y llamado a resucitar y salvar a todos los demás por medio de su verdad, deja de ser en ese mismo instante un gran pueblo y se convierte en mero material etnográfico. Un pueblo realmente grande no puede resignarse en ningún momento a desempeñar un papel secundario en la humanidad, ni siquiera puede conformarse con un papel destacado; tiene que ser, necesariamente, el primero entre todos los pueblos. Un pueblo que pierde esa fe deja de ser un pueblo. Pero la verdad es solo una y, por lo tanto, solo uno entre todos los pueblos puede tener al Dios verdadero, por mucho que otros pueblos tengan sus propios dioses, grandes y singulares. El único pueblo «portador de Dios» es el pueblo ruso, y… y… y acaso se piensa que soy tan estúpido, Stavroguin —de pronto bramó con furia—, que no soy capaz de distinguir si mis palabras de ahora son viejos y trillados lugares comunes, molidos en todos los molinos de la eslavofilia moscovita, o una palabra nueva, la última palabra, la única palabra de renovación y resurrección, y… ¡Qué me importa a mà que se rÃa usted en estos momentos! ¡Qué me importa que no me entienda en absoluto, nada de nada, ni una sola palabra, ni un sonido!… ¡Oh, cómo desprecio su risa orgullosa y su mirada en estos momentos!