Los demonios

Los demonios

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Se puso de pie de un salto; hasta tenía espuma en los labios.

—Al contrario, Shátov, al contrario —dijo Stavroguin, en un tono inusitadamente serio y mesurado, sin levantarse del asiento—, al contrario; sus vehementes palabras han despertado en mí recuerdos de una fuerza inusitada. Reconozco en sus palabras mi propio estado de ánimo de hace dos años y ahora ya no le diré, como le dije hace un rato, que exageraba usted mis ideas de entonces. Yo diría incluso que eran aún más excluyentes, más autosuficientes, y le aseguro, por tercera vez, que desearía ratificar todo lo que acaba de decir, hasta la última palabra, pero…

—Pero necesita una liebre…

—¿Cómooo?

—Esa expresión tan zafia es suya —Shátov, sonriendo maliciosamente, volvió a sentarse—: «Para guisar una liebre, hace falta una liebre; para creer en Dios, hace falta un Dios». Dicen que usted solía repetirla en San Petersburgo; como Nozdriov, que quería atrapar una liebre por las patas traseras.

—No, ése lo que hacía era presumir de haberla atrapado. A propósito, permítame, en todo caso, importunarle con una pregunta, más que nada porque me parece que ahora tengo pleno derecho. Dígame: ¿ha atrapado ya a su liebre o aún sigue corriendo?


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