Los demonios
Los demonios —¡Cómo se atreve a preguntármelo con estas palabras! ¡Pregúntemelo con otras, con otras! —Shátov, de repente, se estremeció.
—Como quiera, con otras —Nikolái Vsévolodovich lo miró con severidad—; solo querÃa saber una cosa: ¿usted cree en Dios o no?
—Yo creo en Rusia, creo en su ortodoxia… Creo en el cuerpo de Cristo… Creo que el nuevo advenimiento ocurrirá en Rusia… Creo… —farfulló Shátov, con frenesÃ.
—Y ¿en Dios? ¿En Dios?
—Yo… creeré en Dios.
En el rostro de Stavroguin no se movió un solo músculo. Shátov lo miraba con pasión, con aire desafiante, como si quisiera abrasarlo con la mirada.
—Pero ¡si yo no le he dicho que no crea! —exclamó por fin—. Únicamente le he dado a entender que soy un libro triste y aburrido, y nada más por ahora; por ahora… Pero ¡al diablo conmigo! No se trata de mÃ, sino de usted… Yo soy un hombre sin talento, y solo puedo dar mi sangre y nada más, como todo hombre sin talento. ¡Al diablo con mi sangre también! Estoy hablando de usted, llevo aquà dos años esperándole… Y desde hace media hora estoy bailando desnudo ante usted. ¡Usted, tan solo usted podrÃa enarbolar esa bandera!…
No llegó a acabar la frase; desesperado, puso los codos sobre la mesa y apoyó la cabeza en las manos.