Los demonios
Los demonios —Por cierto, y se lo comento solo como algo curioso —le interrumpió de pronto Stavroguin—: ¿Por qué se empeña todo el mundo en ponerme una bandera en las manos? Piotr Verjovenski también estaba convencido de que yo podrÃa «alzar su bandera»; según me han dicho, al menos, esas fueron sus palabras. Se le ha metido en la cabeza que yo podrÃa desempeñar para ellos el papel de Stenka Razin[180], por mi «extraordinaria aptitud para el crimen». Son también palabras suyas.
—¿Cómo? —preguntó Shátov—. ¿Por su «extraordinaria aptitud para el crimen»?
—Eso es.
—Hum. ¿Y es verdad eso de que usted… —forzó una sonrisa maligna— eso de que usted formó parte en San Petersburgo de una sociedad secreta que se dedicaba a practicar una sensualidad brutal? ¿Es verdad que podÃa haberle dado lecciones al marqués de Sade? ¿Es verdad que seducÃa y corrompÃa niños? Respóndame, no se atreva a mentir —gritaba, ya fuera de s×; ¡Nikolái Stavroguin no puede mentirle a Shátov, que le ha dado un puñetazo en la cara! Conteste a todo y, como sea verdad, ¡le mato a usted ahora, en este mismo instante y aquà mismo!
—Es verdad que he dicho esas cosas, pero yo no he pervertido a ningún niño —dijo Stavroguin, aunque solo después de una pausa bastante larga. Se puso pálido, y sus ojos fulguraron.