Los demonios
Los demonios —Pero ¡lo ha dicho! —prosiguió Shátov en tono imperioso, sin apartar de él sus ojos centelleantes—. ¿Es verdad que usted ha declarado que no veÃa ninguna diferencia, en lo que respecta a su belleza, entre un acto voluptuoso y bestial y una grandiosa hazaña, incluido el sacrificio de una vida por el bien de la humanidad? ¿Es verdad que encontraba usted la misma belleza, idéntico placer, en ambos extremos opuestos?
—Asà es imposible contestar… no quiero contestar —balbuceó Stavroguin, que habrÃa podido perfectamente levantarse y marcharse, pero que no se levantó ni se marchó.