Los demonios
Los demonios —Yo tampoco sé por qué el mal es detestable y el bien es bello, pero sà sé por qué el sentido de esa distinción se borra y desaparece en caballeros como Stavroguin. —Shátov no dejaba de temblar con todo el cuerpo—. ¿Sabe usted por qué se casó entonces de forma tan vergonzosa y tan ruin? Pues ¡precisamente porque la vergüenza y el absurdo llegaron aquà a la genialidad! ¡Oh, no es usted de los que se pasean al borde del abismo! ¡Usted se lanza de cabeza, con decisión! Se casó movido por su pasión por el martirio, por su amor a los remordimientos de conciencia, por delectación moral. Todo respondió a un ataque de nervios… ¡El reto al buen juicio era demasiado tentador! ¡Stavroguin y una débil, limitada e indigente cojita! Aquella vez, cuando le mordió la oreja al gobernador, ¿sintió usted placer? ¿Lo sintió? ¿Lo sintió usted, ocioso e indolente señorito?
—Es usted un psicólogo —Stavroguin se iba poniendo cada vez más pálido—, aunque en parte está equivocado en lo que concierne a los motivos de mi casamiento… Por cierto, ¿quién habrá podido suministrarle todas esas informaciones? —Forzó una sonrisa—. ¿No será KirÃllov? Aunque él no tomó parte…
—¿Se está poniendo pálido?