Los demonios
Los demonios —¡Hable! ¡No se calle nada! ¡Ha venido aquà para prevenirme de un peligro, me ha dejado hablar, mañana pretende usted hacer público su matrimonio!… ¿Acaso no veo en su cara que ahora está usted dominado por una nueva idea amenazante?… Stavroguin, ¿por qué estoy condenado a creer en usted por los siglos de los siglos? ¿PodrÃa yo hablar asà con otra persona? Soy un hombre pudoroso, pero no me he avergonzado de mi desnudez porque estaba hablando con Stavroguin. No he tenido miedo de caricaturizar una gran idea solo con poner mi mano en ella, porque Stavroguin me estaba escuchando… ¿No besaré acaso las huellas de sus pies en cuanto se marche? ¡No puedo arrancarlo de mi corazón, Nikolái Stavroguin!
—Lamento no poder sentir afecto por usted, Shátov —replicó con frialdad Nikolái Vsévolodovich.
—Ya sé que no puede, y sé que no miente. Escuche, puedo arreglarlo todo: ¡le conseguiré una liebre!
Stavroguin no dijo nada.