Los demonios
Los demonios En efecto, una figura se deslizó bajo su paraguas, o al menos trató de aparentarlo. Un vagabundo caminaba ahora a su lado, marchaban casi «codo con codo», como dicen los soldados. Nikolái Vsévolodovich aflojó el paso y se inclinó para ver quién era, en la medida en que la oscuridad se lo permitía: era un hombre más bien bajo, con pinta de menestral que ha salido de parranda; vestía ropa ligera y raída; una gorra de tela empapada, con la visera medio arrancada, le colgaba sobre la crespa pelambrera. Era, al parecer, un tipo moreno fornido, enjuto y con la tez tostada; tenía los ojos grandes, y seguramente negros, con un brillo intenso y un matiz amarillo en ellos, como los gitanos; hasta en la oscuridad se adivinaba. Tendría unos cuarenta años, y no estaba bebido.
—¿Me conoces? —preguntó Nikolái Vsévolodovich.
—El señor Stavroguin, Nikolái Vsévolodovich; hace un par de domingos, en la estación, cuando se detuvo el tren, alguien me indicó quién era. Aparte de eso, ya había oído hablar antes de usted.
—¿A Piotr Stepánovich? Tú… ¿tú eres Fedka el Presidiario?