Los demonios
Los demonios —Fiódor Fiódorovich me pusieron en el bautismo; mi buena madre aún vive en este vecindario, señor; la pobre anciana se va encorvando con cada dÃa que pasa; a todas horas le pide a Dios por mÃ, y de ese modo no malgasta al lado de la estufa el poco tiempo que le queda por vivir.
—¿Te has fugado del penal?
—Mi suerte cambió. Tuve que olvidarme de los libros, las campanas y de todos los asuntos de la iglesia, porque me condenaron de por vida, señor, asà que la espera habrÃa sido muy larga para cumplir mi condena.
—Y ¿qué haces aqu�
—Mato el tiempo como puedo. La semana pasada murió un tÃo mÃo en la cárcel de aquÃ; lo habÃan encerrado por falsificador; asà que yo, para celebrar sus exequias, he tirado un par de docenas de piedras a los perros; a eso me he dedicado últimamente. Aparte de eso, Piotr Stepánovich me tiene prometido un pasaporte, como esos de los comerciantes, para viajar por toda Rusia; asà que aquà estoy, esperando su favor. «Porque —dice él— fue mi padre quien te perdió en su dÃa, jugando a las cartas en el club inglés, y a mà me parece —dice él— que eso es injusto e inhumano». Y usted, señor, ¿no tendrÃa usted la inmensa bondad de darme tres rublos para tomarme un té calentito?
—Total, que has estado esperándome aquÃ; eso no me hace gracia. ¿Quién te lo ha mandado?