Los demonios
Los demonios —Pues mira, ella quiere fijarte el dÃa y el lugar para que os expliquéis mutuamente; restos de vuestra sensiblerÃa. Tú te has pasado veinte años coqueteando con ella y le has enseñado los procedimientos más ridÃculos. Pero no te preocupes, no se trata de eso; ella no para de decir que solo ahora ha empezado a «ver con claridad». Yo le he explicado sin ambages que esa amistad vuestra no es más que una mutua efusión de lavazas. Me ha contado un montón de cosas, amigo mÃo: ¡uf, hay que ver el papel de lacayo que has desempeñado en todo este tiempo! Me puse colorado por ti.
—¿Que yo he desempeñado un papel de lacayo? —Stepán TrofÃmovich no pudo contenerse.
—Peor, tú has sido un parásito, es decir, un lacayo voluntario. Muy perezoso para trabajar, pero con buen apetito para el dinero. Ella ahora también es consciente de todo eso; en todo caso, cuenta horrores de ti. No sabes, amigo, lo que me he podido reÃr con las cartas que le escribÃas; dan vergüenza y dan asco. ¡Sois todos tan depravados, tan depravados! Siempre hay algo depravado en la caridad, ¡tú eres un buen ejemplo!
—¡Te ha enseñado mis cartas!