Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov No lo retuvieron mucho tiempo. Al fin llegó el turno a Gruchegnka. Los jueces estaban inquietos ante la impresión que la llegada de la joven pudiera producir a Dmitri, y Nicolás Parthenovitch le dirigió algunas palabras de exhortación, a las que respondió Mitia con un movimiento de cabeza que equivalía a asegurar que se comportaría correctamente.
Gruchegnka apareció acompañada por Mikhail Makarovitch. Sus facciones estaban rígidas, y su semblante, triste pero sereno. Se sentó frente a Nicolás Parthenovitch. Estaba pálida y parecía tener frío, pues envolvía sus hombros con un elegante chal negro. En efecto, recorrían su cuerpo los escalofríos de la fiebre, principio de la larga enfermedad que contrajo aquella noche. Su rigidez, su mirada franca y sería, sus ademanes pausados produjeron una impresión en extremo favorable. Nicolás Parthenovitch incluso se sintió cautivado. Algún tiempo después dijo que hasta entonces no se había dado cuenta de lo encantadora que era aquella mujer, en la que antes sólo había visto «una ramera de comisaría».
—Tiene la finura de las personas de la mejor sociedad —dijo un día con entusiasmo en un círculo de damas.
La indignación fue general. Lo llamaron calavera, cosa que le encantó.