Los hermanos Karamazov

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Gruchegnka, al entrar, dirigió a Mitia una mirada furtiva. Él la miró también, con un gesto de inquietud; pero su aspecto lo tranquilizó. Tras las preguntas consabidas, Nicolás Parthenovitch vaciló un momento y la interrogó con toda cortesía:

—¿Qué clase de relaciones tenía usted con el teniente retirado Dmitri Fiodorovitch Karamazov?

—Relaciones simplemente amistosas. Como amigo lo he recibido durante todo este mes último.

En respuesta a otras preguntas declaró francamente que entonces no amaba a Mitia, aunque le gustara «a veces». Lo había seducido llevada de su maldad: la encantaba jugar con aquel hombre de buen corazón. Los celos que tenía Mitia de Fiodor Pavlovitch y de todos los hombres la divertían. Jamás había pensado ir a casa de Fiodor Pavlovitch, que sólo era para ella un objeto de burla.

—Durante todo este mes apenas he pensado en ellos. Esperaba a otro, al causante de mis males... Les ruego que no me pregunten sobre esto, porque no les contestaría. Mi vida privada no les incumbe.

Nicolás Parthenovitch dejó inmediatamente a un lado los detalles novelescos y abordó la cuestión principal: los tres mil rublos. Gruchegnka repuso que ésta era la cantidad que había gastado Dmitri hacía un mes en Mokroie, según él había dicho, pues ella no había contado el dinero.


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