Los hermanos Karamazov

Los hermanos Karamazov

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—No es posible, no es posible —repite Mitia en el mismo tono de incomprensión—. Dime por qué están aquí estas desventuradas, por qué han de sufrir esa miseria tan espantosa, por qué llora ese pobre niño por qué ha de ser tan árida la estepa, por qué esas gentes no se abrazan y cantan alegres canciones, por qué tienen la piel tan negra, por qué no dan de comer al pequeñuelo...

Mitia sabe muy bien que sus preguntas son absurdas, pero también sabe que tiene razón, y no puede menos de preguntar. Además, advierte que una honda pens se va apoderando de él, que está a punto de echarse a llorar. Siente un vivo deseo de consolar al niño que llora y a la madre de senos exangües; anhela enjugar las lágrimas de todo el mundo y en seguida, sin detenerse ante nada, con todo el ímpetu de los Karamazov.

—Estoy a tu lado y nunca me separaré de ti —le dice tiernamente Gruchegnka.

Su corazón se inflama y vibra frente a una luz lejana. Quiere vivir, avanzar por el camino que conduce a esta luz nueva, a esta luz que lo llama...

—¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? —exclamó abriendo los ojos.

Con una sonrisa radiante se incorporó sobre el cofre tapizado. Tenía la impresión de salir de un desmayo. Ante él estaba Nicolás Parthenovitch, que le invitó a escuchar la lectura del acts y a firmarla.


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