Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Durante este último ejercicio se abrió la puerta y apareció Ágata, la sirvienta, mujer obesa, picada de viruelas, de unos cuarenta años, que, con la red de la compra en la mano, se detuvo en el umbral para presenciar el espectáculo. Kolia, a pesar de la prisa que tenía, no interrumpió la representación. Al fin, emitió un silbido, y el animal se levantó y empezó a saltar con gran alegría de haber cumplido con su deber.
—¡Eso es un perro! —exclamó Ágata.
—¿Se puede saber por qué has tardado tanto? —preguntó severamente Kolia.
—¡A mí no me hables así, mocoso!
—¿Mocoso?
—Sí, mocoso. No te metas en lo que no te importa. He tardado porque ha sido preciso.
Ágata dijo esto mientras empezaba a trajinar en la cocina. No hablaba con irritación, sino que parecía sentirse feliz de poder enfrentarse otra vez con aquel señorito tan gracioso.
—Óyeme, vieja loca: me vas a jurar por lo más sagrado que vigilarás a estos pequeñuelos durante mi ausencia. Tengo que marcharme.
—Nada de juramentos —repuso Ágata, echándose a reír—. Los vigilaré y basta.
—No basta; quiero que me lo jures por tu eterna salvación. Si no me lo juras, no me marcho.